Un don inesperado nos alcanzó al inicio del Campo de verano para jóvenes en el Centro Internacional (IBZ) de Solothurn (Suiza): la visita del Obispo Macram Max Gassis de la diócesis de El Obeid en Sudán. La asociación católica "Ayuda a la iglesia que sufre" lo invitó por diez días a Suiza y una de sus escalas fue Solothurn. El objetivo de Mons. Gassis era sensibilizar a las comunidades cristianas sobre la situación de su país.
Una frágil paz después de un largo conflicto
Sudán tiene a sus espaldas 22 años de guerra y de terror. El más largo conflicto civil africano se concluyó oficialmente en 2005 con un tratado de paz que puso fin a la hostilidad entre el gobierno de Karthoum y el
Sudan's People Liberation Army. El enfrentamiento tenía sus raíces en la época colonial. Con la independencia de la Gran Bretaña en 1956, habían sido reunifi cadas en Sudán dos diferentes áreas geográficas y diferentes etnias: el Norte en su mayoría islámico y arabizado, y el Sur habitado por poblaciones negras pertenecientes a varias religiones: el Islam con tradiciones africanas propias, el cristianismo y los cultos animistas. El Norte, sin embargo, tomó el poder de todo Sudán, imponiendo poco a poco el idioma árabe y la interpretación propia del Islam, hasta crear un estado islámico fundado sobre la ley coránica.
La guerra causó la muerte de 2.5 millones de personas y la fuga de 5 millones de refugiados. Miles de cristianos fueron torturados y puestos en esclavitud, lo mismo les sucedió a los animistas e incluso a los musulmanes que no pertenecían a etnias arabizadas. Este último caso está aconteciendo todavía en el oeste, en Darfur, donde desde el 2005 estalló un nuevo conflicto, en el cual el gobierno de Karthoum se manchó de otros atroces crímenes con respecto a las poblaciones negras musulmanas.
Estas nuevas tensiones ponen en peligro también la frágil estabilidad del Sur, que trata de iniciar su reconstrucción y espera obtener la independencia con un referéndum en 2011. Desde 2005 hasta hoy regresaron 2.2 millones de refugiados que deben ser reintegrados en medio de una gran pobreza. Todo se debe reconstruir: carreteras, escuelas, hospitales... La iglesia católica juega un papel fundamental. Pero más lento y delicado es el camino para reedificar la vida de las personas que todavía llevan en sí las heridas y los traumas de la violencia. La superación de la corrupción y de la "mentalidad de guerra" pide una atenta labor educativa, a la cual Mons. Gassis presta particular atención empezando por los más vulnerables, es decir los niños.
En defensa de los derechos humanos
El Obispo Gassis fue testigo de graves violaciones de los derechos humanos: pueblos bombardeados o quemados, mujeres violadas, niños raptados para hacerlos soldados, cristianos crucificados... Su sonrisa y las palabras dirigidas a los jóvenes nos hablan de una fe capaz de cargar con la cruz:
"Soy sudanés, nacido en Karthoum, de padre católico y madre evangélica. Debo mucho de mi educación religiosa a mi mamá, que conocía la Biblia desde el primer hasta el último libro e inculcó en nosotros el deseo de leer la Sagrada Escritura. La Biblia es nuestra vida, nuestra comida, fue escrita para nosotros para que la meditemos y la vivamos. La fe es mi vida.

Nunca habría pensado en tener que cargar con tantas cruces. Entre ellas: la persecución sutíl hacia mi gente, la acusación, hacia mí, de haber insultado al Primer Ministro de mi país, las intimidaciones. Pero yo no me asusté, más bien me entristecían estas injusticias. Después empezaron las expulsiones de mis misioneros. Denuncié delante del Congreso de los Estados Unidos la violación a los derechos humanos en Sudán. Cuando regresé a mi patria tenía que ser detenido, pero nadie tuvo el valor de tocarme. Retomé los viajes al extranjero, pero no me sentía bien. En Estados Unidos me operaron de urgencia y así me salvaron de una grave enfermedad. También en el lecho del dolor pensaba en mi pueblo. Desde aquel día dediqué la vida nueva, que el Señor me había concedido, a hablar de la situación de Sudán ignorada por el mundo y sobre todo la de una parte de mi diócesis que está entre el Norte y el Sur: los montes Nuba.
Con la salida de los ingleses en 1956, los sudaneses del Norte tomaron todo el poder e impusieron el idioma árabe también en el Sur, donde se hablan las lenguas africanas y el inglés; instituyeron también, en medio de nosotros, como día de descanso el viernes en lugar del domingo, confiscaron 750 escuelas católicas y evangélicas e introdujeron la enseñanza del Corán para los que no son musulmanes; crearon una secretaría de asuntos religiosos, donde no estaban representadas las demás religiones; promulgaron la ley islámica volviendo a los cristianos ciudadanos de segunda clase...
¿Dónde están los derechos humanos? Ellos son pisoteados, aunque expresen una ley natural querida por Dios a tutela de la dignidad del hombre: yo tengo derecho a vivir y nadie tiene el derecho de quitarme la vida, tengo derecho de profesar mi fe, de moverme, de formar una familia, de acceder a la educación. Los políticos son llamados a respetar y a proteger estos derechos.
Yo no podía callarme. Como Obispo tuve que levantar la voz. El hecho de no poder regresar más a mi país me ha dado la oportunidad de hablar claro y de condenar el régimen de Karthoum. Mi vida también ha estado en peligro en el extranjero: he tenido a veces la escolta. Hace años fui invitado por el Cardenal Martini a dar un testimonio en el estadio de Milán delante de 45,000 jóvenes. El Cardenal me preguntó si no tenía miedo de ser asesinado: "Si también les dispararon a los presidentes de Estados Unidos, me pueden matar en cualquier momento".
La experiencia de hablar en todo el mundo abrió mis horizontes. Estando cerca de la gente he conocido sus prioridades y he sentido su sufrimiento. Si nosotros no participamos en el sufrimiento de los demás, nunca entenderemos la gracia que Dios nos da: "La salud es una corona sobre la cabeza de los sanos. Sólo los enfermos la ven". Cuántos hombres no se dan cuenta de lo que tienen, se creen los dueños del mundo y pisotean los derechos de los demás. Alguien afi rmó que la esclavitud en Sudán no existe. Es falso. Yo la he tocado con mi mano, pagué para liberar a más de 200 niños y llevarlos en unos camiones como costales de carbón. Ellos fueron raptados de sus padres a la fuerza y estaban traumatizados. Si le preguntara a una madre cuánto vale su hijo, me contestaría: "Mi niño vale el mundo entero, porque yo lo traje en mi seno". Preguntémosles a las mamas y a los niños si quieren ser liberados. Preguntémosles a los catequistas y a los ancianos de las tribus. Alguien afirma que pagando el rescate se corre el riesgo de que otros sean esclavizados para obtener dinero. ¿Qué tenemos que hacer?
¿La vida no es un riesgo? ¿Ir en coche o en avión no es un riesgo? Sin embargo viajamos.
¿No es un riesgo casarse? ¡Cuántos matrimonios fracasan! Entonces ¿se les tiene que decir a los jóvenes: no se casen? ¿No es un riesgo ir a dormirse en la noche? ¡Cuántos no se despiertan más en la mañana! La vida es un riesgo. Debemos sí buscar reducirlo al mínimo, pero tenemos que aceptarlo. Cuando se trata de vidas humanas, de su identidad y dignidad, de la fe, de las costumbres, de los derechos humanos, vale la pena correr algunos riesgos".
Comunidades que sufren, que continúan creciendo
Al acabar la guerra, Mons. Gassis se comprometió a sustentar la construcción de escuelas, parroquias, hospitales. Aunque en condiciones todavía precarias, diferentes proyectos ya fueron realizados. Le pedimos que nos dijera cuál es el testimonio de fe que expresan los cristianos de su país y en especial los jóvenes:
"La situación después de una guerra es siempre trágica porque las personas están traumatizadas. Sin embargo, se ve que la fe se ha quedado firme. Ha habido unos mártires. Una vez un catequista fue preso. Al principio le pidieron por las buenas que abandonara su religión, después lo amenazaron con palabras. Como resistía, lo torturaron, pero él respondía: "Soy católico y catequista". Por fin lo amarraron a una cruz y lo dejaron allá por toda la noche sin darle agua. Donde vivimos la noche puede llegar a los 35 grados. En la mañana lo soltaron y se cayó. Por suerte no murió. También un pastor evangélico casi se quemó vivo en la hoguera de su iglesia.
Una vez bombardearon una escuela, matando a quince niños y a la maestra. Fue una tragedia. Después de dos días un niño de diez años fue con el director diciendo: "Queremos regresar a la escuela y, si Dios quiere, el avión ya no va a regresar para matarnos". ¿De dónde le venía el valor? Él quería aprender y creía que Dios lo habría protegido. La gente no se derrumbó delante de las dificultades y de las persecuciones, más bien su fe creció.
También algunos grupos de musulmanes africanos eran perseguidos porque ellos viven según sus propias tradiciones: por ejemplo comen la carne de cerdo y beben la cerveza de sorgo, que es nutriente. Por eso en Karthoum no los consideraban verdaderos creyentes.
La gente me llama: "Padre obispo". Cuando fui con ellos, no me pidieron comida, mosquiteros o ropa -aunque he encontrado a mujeres cubiertas solo con hojas de palmera-, sino la Biblia, el rosario, los sacerdotes, las hermanas. Algunas comunidades se quedaron aisladas por 15 años sin haber visto ningún sacerdote. Las tragedias no desanimaron, sino que reforzaron la fe. Sin embargo, las personas preguntan: "¿Qué mal hicimos para ser oprimidos así?". El comandante del ejercito de liberación un día me dijo: "Nosotros negros somos raza maldita. ¿Pero qué mal hicimos? Somos obligados a estar en las trincheras con las serpientes y los alacranes. Comemos a duras penas una vez al día. Mientras que en Karthoum tienen la panza llena, los coches con el aire acondicionado, la servidumbre...". Yo contesté: "Todos nosotros somos hijos de Dios y Él no maldice a nadie. Este mal no lo quiere Dios, sino la gente mala".
La acogida de los africanos
Sudán no es sólo una tierra de la cual huyeron muchos refugiados, sino también lugar de tránsito para quien huye de Eritrea y de Etiopía, o de acogida para otros refugiados africanos. Si bien en la diócesis de El Obeid
el fenómeno es más limitado respecto a lo que acontece en la arquidiócesis de Karthoum, Mons. Gassis conoce bien la realidad de los éxodos en África.
"Los africanos son fantásticos por la hospitalidad. Cuando los sudaneses estaban en dificultad durante la guerra, muchos huyeron a Etiopía, Eritrea, Kenya, Uganda. Ahora pasa lo contrario. Los demás vienen con nosotros y no podemos expulsarlos, porque también nosotros vivimos la misma experiencia. Cuando había persecución en Congo, ¡cuántos congoleses huyeron a Sudán! Los sudaneses se quejaron un poco acerca de Juba, porque llegaron centenas y centenas de refugiados y cortaron muchos árboles lozanos, también de mogano para hacer el carbón, sin embargo fueron acogidos, no los expulsaron.
Eritreos y etíopes huyen pasando por Sudán y se dirigen a muchas partes del mundo. Los encontré también en Washington, donde conducen la mayoría de los taxis y abren muchos restaurantes porque son personas llenas de iniciativa.
Les dije a muchos políticos en Europa: aunque promulguen leyes para detener el éxodo de los africanos, ellos, legalmente o ilegalmente, continuarán llegando, porque cuando faltan los bienes necesarios para vivir dignamente, las personas van en búsqueda de su salvación. Cuando alguien es perseguido, va a donde encuentra amparo. ¿De qué vale introducir ciertas leyes, cuando con anticipación se sabe que no durarán, porque al fin y al cabo están en contra de la dignidad del hombre? El hombre tiene derecho de moverse y de encontrar refugio. Hoy hay un movimiento global de pueblos. Es importante trabajar con los migrantes, porque llegan desubicados, tienen un choque cultural y la población local expresa resentimiento hacia ellos. A los europeos se les olvida que muchos de ellos emigraron a América. El pluralismo, la mezcla de las razas llevó a América a ser lo que es hoy. La diversidad de las culturas no empobrece, sino que enriquece. Los migrantes vienen con la riqueza de su historia, de sus costumbres y mentalidad. La gente tiene miedo porque se enfrenta a una nueva experiencia, pero los tiempos cambian y nos piden cambiar.
Mi mensaje a ustedes jóvenes es este: difundan siempre la verdad, la Verdad que nos salva -dice la Escritura- y nos hace libres. De otra manera nunca seremos libres, sino siempre esclavos. Cristo vino a testimoniar la verdad, aunque esto lo condujo a la cruz. No debemos nunca tener miedo de decir la verdad: ella les dará siempre la fuerza de mantener su fe sin miedo y sin vergüenza".