
Compartir el pan
Durante la
Fiesta del sí, donde pronuncié los votos de pobreza, castidad y obediencia el año pasado, recibí mi envío misionero para vivir en nuestra Comunidad y Centro Internacional Misionero-Scalabrini (CIM-S) en la Ciudad de México.
Pocos días después de este envío recibí la invitación a dar clases en la Facultad de Ingeniería de la UNAM (Universidad Nacional Autónoma de México), lugar muy querido para mí pues fue donde estudié la carrera de Ingeniería en Computación. Fue tan providencial y tan inmediata esta propuesta que nos pareció la iniciativa de Dios que venía a nuestro encuentro, además porque la UNAM queda muy cerca del CIM-S.
Mi envío misionero comienza a realizarse ahí adentro, ahí empiezan los primeros pasos de un sí plantado en esta tierra mexicana, como el grano de trigo que fermenta dentro de mí, en mi comunidad y que crece en el mundo. Es Él quien quiere crecer, el Sí vivo que quiere fermentar la masa para transformarla después en pan bueno y en alimento para muchos.
La
secularidad nos lleva a vivir nuestra "consagración en el mundo en una total pertenencia a Dios para ser así levadura, mediante la síntesis de secularidad y consagración, buscando transformar el mundo desde dentro con la fuerza de las bienaventuranzas"
1.
Dar clases en la universidad es todo un desafío. ¡Qué diferente es estar del otro lado! Como 'maestra' me doy cuenta de la gran labor de los profesores que se inicia desde la preparación de las clases hasta buscar como atraer la atención de los estudiantes y motivarlos a investigar, a tener iniciativa.
Para mí no es sólo un 'trabajo', es el lugar de mi envío misionero, lugar de encuentro con el Dios vivo presente en medio de esta realidad, lugar de encuentro con tantos jóvenes que tienen grandes sueños para sí y para el mundo. Es, al mismo tiempo, una forma de participar y de compartir los desafíos que el mundo de hoy le presenta a la juventud: con sus criterios de eficiencia, de competitividad, de un individualismo que no deja espacio para nadie más, de un utilitarismo y un consumismo de las cosas y de las personas, y sobre todo de un nihilismo que le roba el sentido a la vida; una forma de tratar de intervenir viviendo con criterios diferentes, los criterios del evangelio.
Me doy cuenta que es siempre importante permanecer en la frontera, ser "puente" que permita vivir relaciones cercanas y sinceras, en un diálogo continuo y abierto. Cada clase es un espacio para aprender y crecer juntos, para construir partiendo de la rica aportación que cada uno puede dar, pero sobre todo para dejar que el Espíritu nos done la conciencia del amor auténtico e infinito de Dios que no se cansa de buscarnos para regalarnos sus dones con abundancia, para dejar que la sed más profunda del corazón -que va más allá de una profesión, de un trabajo- nos abra al infinito y a la grandeza de la vida. Participando en la vida del 'otro', aun en lo pequeño, podemos ponernos en camino con la humanidad y ampliar así nuestros horizontes al mundo.

No es una presencia individual la mía, sino que es una comunidad que con Él vive esta nueva experiencia, que participa, que busca. En este camino he experimentado también mi pequeñez y mis límites, es esta la ofrenda que puedo hacerle a Jesús. Un sí al Amor, al Cristo crucificado es un sí al resucitado. En cada paso, en cada intento que me lleva más allá de mis posibilidades, se abre el camino de la fe que derrumba todos nuestros 'imposibles'. Encuentro la fuerza en Su promesa, en la alianza que hice con Él. El amor nunca es inútil, aun cuando todo puede parecer una derrota, es lo único que perdura.
Ésta es una verdadera escuela del éxodo que me lleva a caminar detrás de las huellas de Jesús dejando que Él haga nuevas todas las cosas. Voy a la escuela llevando Su palabra en el corazón "
Yo estoy con ustedes todos los días hasta el fin de los tiempos" (Mt 28,20), y la Eucaristía como fuerza para cada día.
Un envío entre los migrantes y los jóvenes para compartir el pan de la fe, del amor, de las relaciones eucarísticas, y para descubrir juntos la realidad en la que "
vivimos, nos movemos y existimos" (cf. Hch 17,28).